jueves, 28 de abril de 2011

EL ESPIRITU SANTO

El espíritu santo y el misterio de la trinidad
El  misterio de la trinidad en el cristianismo consta de tres partes que a su vez forman una divinidad, pero sobre esto hay diferentes versiones ya que se trata de un misterio, o mejor dicho de algo no explicado porque no deja claridad respecto a que se refiere. Si nos debemos a la literalidad de las palabras, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la cosa no es muy difícil con el Padre y el Hijo, el Padre es el creador, cuyo máximo exponente como hijo en el cristianismo es Jesús, el Padre nuestro, Padre celestial, es en realidad el Dios de Adán y Eva, el dios creador del ser humano, Jesús es hijo del padre, al que se le aparece el Espíritu Santo, o posee el Espíritu Santo. La cuestión del Espíritu desde la antigua cultura Sumeria se refería a la esencia divina que impregnaba la vida y se transmitía a través de ella, al igual que se transmite la información con los genes, pero cuando tratamos de Espíritu Santo hay que pensar en una esencia superior, en las antiguas escrituras se hacen muchas referencias a diferentes aspectos del Espíritu Santo con diversos nombres, quizá con ello se quiera indicar las múltiples maneras en que Dios  manifiesta su poder y cualidades e impregna a los seres humanos, “Espíritu de Vida, “Espíritu de Sabiduría”, Espíritu de la Verdad”, etc…. Quizá para entender el llamado misterio de la trinidad con tres entidades que conforman una sola, sea mejor entender la trinidad como tres entidades diferenciadas por su naturaleza pero vinculadas entre si por un elemento común, y quizá por ello se entienda que Dios esta en todos nosotros. En lo que respecta al hijo, a Jesús y el resto de seres humanos no hacen falta comentarios, creados por Dios al cual llamamos Padre, un Padre que es muy severo con sus hijos en algunas ocasiones y en otras es muy generoso, hay épocas en que el Padre no ayuda en nada a los hijos e incluso causa la muerte de muchos seres humanos, como es el caso de las plagas Sobre Egipto y la muerte que cae sobre muchos Egipcios por orden del padre, así como la destrucción masiva de algunas ciudades por azufre y fuego como relatan los textos antiguos, no parece que sean acciones propias de un padre que quiere a sus hijos, mientras que en otros casos la intervención de Dios supone la ayuda y salvación de otros seres humanos, y aunque los israelitas se consideran el pueblo elegido no parece que siempre Dios les ayuda, encontramos un Dios de gran dualidad y conductas claramente antagónicas, ésta dualidad del Padre creador sólo es comprensible desde la contraposición de la divinidad y de la no conformidad con la creación de los seres humanos, destruir la vida creada por muy defectuosa que fuese no parece una conducta aceptable, pues el defecto es a los ojos de Dios, del Padre, si un hijo no sigue las normas del padre se busca la manera de corregirlo pero no se le destruye, y hay más de un relato en que el Padre creador es claramente un destructor, hay mucho sufrimiento detrás de la mano de Dios, es difícil encontrar momentos en que Dios se muestra compasivo con los seres humanos, la tragedia le precede y sólo en el nuevo testamento con la llegada del hijo, de Jesús se manifiesta la compasión y el amor, pero volviendo al Padre creador, tenemos relatos como los del Diluvio donde algunos como Noé son elegidos para salvarse, lo que deja claro que en esa dualidad del padre creador ante una catástrofe como la del Diluvio hay una ayuda mínima con el objetivo de la supervivencia de la humanidad. No hay duda que Díos como padre esta presente en nuestra historia con actos que dejan una huella trágica, desde luego no hay que pensar que toda la fatalidad y sufrimiento de la humanidad es voluntad de Dios, pero si se aprecian dos tratos diferentes, uno de ayuda y otro de castigo, siendo este último el que más destaca hasta el nacimiento de Jesús, donde se manifiesta a partir de entonces la otra cara de Dios, un hijo, Jesús que transmite las enseñanzas de amor y compasión de un Padre diferente, de un Dios que no se manifiesta directamente, sino a través de su hijo Jesús, pero volviendo al Dios padre del antiguo testamento, tenemos a Yahvé que señala a Josué como sucesor de Moisés porque en él también esta el espíritu, y Moisés le impone su mano para que Josué también goce del espíritu de Sabiduría, este es uno más de lo atributos que se transfieren a través del espíritu de Dios, pero eso no significa que sea un acción directa del Espíritu Santo, sino más bien la transmisión del espíritu de Dios y sus dones. Los judíos llamaban al espíritu Ruah como soplo que infunde vida, algo similar la esencia vital, según relata Isaías Dios derrama su espíritu sobre los hijos de su pueblo, o sea, el espíritu se derrama sobre los seres y de ahí el simbolismo del Espíritu Santo asociado al agua.  
En el mismo cristianismo se ha considerado al espíritu santo desde diversos puntos de vista, unos los han considerado como una entidad de naturaleza angélica, incluso a quien ha pensado que es un ser independiente de Dios, y no hay que olvidar que hasta el siglo XVIII se representaba mediante una figura humana, cosa que se prohibió representándose desde entonces bajo el símbolo de la Paloma y con ello de la paz. 
Se podría considerar el Espíritu Santo como un entidad espiritual superior cuyo poder no sólo se establece y manifiesta en los planos inmateriales, sino también en el plano material, bien a través de la acción directa, o a través de Dios o del resto de seres, el objetivo del Espíritu Santo sería la “santidad”, o sea, el desarrollo de la vida en su  correcta conciencia y por ello su intervención es sutil al actuar en el plano espiritual y en la esencia de los seres. Si el espíritu Santo está en Dios y en los seres creados por él, se puede decir padre, hijo y Espíritu Santo quizá no sean una misma cosa, o misma persona, sino que tendrían en esencia la misma naturaleza espiritual y participar de forma consciente o inconsciente de un objetivo común, que sin duda sería la continuidad y preservación de la vida y el desarrollo de la conciencia, lo que lleva implícito un orden y un sentido. En el nuevo testamento Jesús trata  con el padre y realiza muchos ruegos, sin embargo, la manifestación e intervención del Espíritu Santo es siempre muy sutil pero no por ello menos significativa, pues su presencia en ciertas ocasiones es signo de garantía de lo que es y debe ser.  Atendiendo a lo comentado anteriormente no hay que confundir el espíritu de Dios con el Espíritu Santo, ya que, éste actúa en un plano muy superior a Dios.  La manifestación del Espíritu Santo en los seres humanos se percibe a través de determinadas, cualidades, facultades o dones de naturaleza espiritual

domingo, 24 de abril de 2011

ESOTERISMO Y PASCUA


El significado esotérico de la Pascua

Resurrección de Jesús - feresuelta.wordpress.com

Resurrección de Jesús 
Todos los elementos de la religión, ceremonias, ritos e historias, guardan un contenido esotérico, que no muchos conocen.
Según la Real Academia Española, la palabra “Pascua” proviene del latín vulgar pascua, este del latín pascha, este del griego π?σχα, y este del hebreo pesah, influenciado por el latinismo pascuum, "lugar de pastos, por alusión a la terminación del ayuno".
Entre varias diversas acepciones refiere a la fiesta solemne de la Resurrección de Cristo, en la Iglesia Católica, que se celebra el domingo siguiente al plenilunio posterior al 20 de marzo, oscilando su fecha exacta entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Esta Pascua “de Flores” o Pascua “Florida” es la que celebramos, la de Resurrección, habiendo otra como la de Pentecostés, o del Espíritu Santo.

Celebración de Pascua, la Resurrección de Jesús

Es entonces la Resurrección de Jesús lo que se celebra, luego de haber sido muerto, crucificado, y a los tres días de haber sido sepultado.

El interés del esoterismo acerca de la Pascua

Empecemos por decir que el esoterismo, como concepto, es tan solo una cualidad, que se puede aplicar a distintas disciplinas (una religión esotérica, una astrología esotérica) pero en absoluto se trata de una escuela en sí misma, una disciplina o una filosofía. La metafísica se trata de una filosofía, no el esoterismo. Cuando mucho, la alquimia es una disciplina esotérica por añadidura.
Bien, ¿de qué trata entonces esta cualidad del esoterismo?. Al esoterismo no le interesa el punto de vista histórico de ningún evento, acerca de su verosimilitud o inverosimilitud, como suceso en sí mismo; tampoco le interesa a priori las especulaciones filosóficas de ninguna especie.
El esoterismo se basa en alegorías y símbolos, toma el contenido parabólico de una historia, e intenta rescatar la verdad intrínseca de esa parábola, como se extrae una moraleja de una fábula. Permítase la digresión al advertir que los fabulistas originales (Esopo, La Fontaine, Iriarte), no escribían moralejas, eran sus editores y comentaristas quienes lo hacían.

El sentido parabólico (esotérico) de la Pascua y la Resurrección

No es muy diferente al el mito griego del Ave Fénix, aquel ser que moría indefinida cantidad de veces para siempre renacer de sus cenizas.

Es decir, siempre, el concepto de resurrección implica transformación.Pero en su libro Psicología y Alquimia, el psicólogo suizo Carl Gustav Jung (tratando el mismo tema) nos advierte que en la resurrección, para que sea, debe haber una transformación, de otro modo, si quien ha vuelto a la vida de la muerte lo hiciera en el mismo estado, se trataría de una recurrencia, no de una resurrección.
Según Maurice Nicoll, en el tomo II de sus Comentarios Psicológicos sobre la Enseñanza de Gurdjieff y Ouspensky, la idea de resurrección, de transformación, siempre implica sacrificio. Jesús se sacrifica en la cruz, para luego resucitar.
Sacrificar, siempre y en todos los casos, significa elegir, abandonar algo, todo lo que se consigue con el desapego.
En otra parte, en otro artículo, hemos dicho que el hombre nº 7, según la clasificación de Georgi Gurdjieff, el hombre íntegramente desarrollado y absolutamente autoconsciente, es el único ser que vive y experimenta cabal y permanentemente el plano vivencial esotérico de la existencia, y es la única clase de ser que puede elegir voluntariamente no solo cuándo y dónde reencarnar, sino también si acaso hacerlo, pudiendo optar por trascender el plano existencial de la Tierra, del planeta, del mundo. Para ello, el hombre nº 7 se “sacrifica” al y del mundo, se despega de él, con todo lo que conlleva, la renuncia a los apetitos humanos, a la belleza del mundo natural y cultural que conocemos, a las ambiciones y pasiones humanas. Es lo que hace Cristo al resucitar, dejar el plano físico de este mundo.
“La Pascua no es algo que tiene lugar una vez al año sino algo que tiene lugar todos los días: la idea de no identificarse, o de morir para algunas reacciones mecánicas características, es una posibilidad cotidiana, y si se lo realiza espiritualmente en una especie de alegría, de resultas de ello la energía se transformará gradualmente y pasará a un nivel más alto que al cabo de un tiempo será una experiencia distinta”, dice Nicoll en su libro.

El huevo de Pascua, la rosca de pascua

El huevo de pascua es el símbolo del sepulcro sellado de Cristo, para ser abierto en la Resurrección. Siempre el huevo es símbolo hermético de la alquimia.
La rosca de Pascua contiene a los huevos, como un nido, aun conservando su forma.
El símbolo esotérico del huevo no es privativo del cristianismo, sino que ya se hallaba en la antigua civilización egipcia; el origen del símbolo de la rosca seguramente es posterior, pagano y enraizado en el Medioevo europeo.

DOMINGO DE PASCUA

EL ESOTERISMO DE LA PASCUA

Las profundas radiaciones espirituales de la época de Pascua producen una aceleración de los impulsos espirituales, incluso en los ignorantes y despreocupados, mientras que los que comprenden algo de su profunda importancia, prestan reverente atención a su íntima contemplación.
Contemplando un calendario, se aprecia una diferencia entre la observancia de la Navidad y la de la Pascua. El festival navideño tiene siempre lugar en una fecha fija, mientras que la Pascua cae, a veces, tan temprana como mediados de marzo y, a veces, tan tardía como mediados de abril. La causa de esta variación estriba en que el Domingo de Pascua ha de caer siempre en el primer domingo tras la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. Este procedimiento fue establecido por personas que comprendían perfectamente el esoterismo de la estación pascual. La Pascua real tiene lugar en el equinoccio de primavera, cuando el sol pasa de la latitud sur a la latitud norte, y Cristo queda liberado de Su trabajo. Entonces, este Ser radiante penetra en los planos espirituales de la Tierra para trabajar allí con las Jerarquías celestiales y con los miembros de la Humanidad que han sido transportados por la muerte a más amplias esferas de actividad.
Durante esta elevada estación, las fuerzas de Piscis (marzo) y Aries (abril) se funden en una maravillosa combinación de Agua (Piscis) y Fuego (Aries) que detenta, en todos los planos de la existencia, la clave del Matrimonio Místico. Toda la naturaleza conoce el gozo de esta unión. Su magia proporciona un brillo adicional a las flores, una nota más exultante al canto de los pájaros y la promesa de más abundantes frutos. Estos poderosos impulsos de fuego están bajo la supervisión de las Jerarquías de Aries y Leo. Esos impulsos, sin embargo, de demasiada potencia para ser enfocados directamente sobre la Tierra, se encomiendan a la Jerarquía de Sagitario, que los distribuye entre la Humanidad. Las grandes Aguas de Vida de esta mística unión están bajo la guía de la Jerarquía de Cáncer, los Querubines, que entregan esas fuerzas a las Jerarquías de Escorpio y Piscis quienes, a su vez, las dispersan sobre la Tierra.
Era para esta época del equinoccio de primavera para cuando los antiguos, que comprendían estas verdades del mundo interno, establecieron elaborados rituales relativos a la fusión del Fuego y el Agua. Incluso hoy en día, en este mundo moderno que ha perdido la clave de estas verdades sagradas, quedan restos aún de sus fórmulas, de modo que, parte de las celebraciones pascuales de la iglesia, consisten en la fusión del agua sagrada con el nuevo fuego sagrado. En la "apropiada" unión de estas dos fuerzas es donde hay que buscar la clave de la transmutación. La transmutación es la gran labor en la que Cristo y los Seres celestiales de los planos internos, junto con los más avanzados de la oleada de vida humana, tanto dentro como fuera de sus cuerpos, se ocupan, durante el intervalo que conocemos como estaciones de primavera y verano. El trabajo del Templo de Misterios en la Tierra está también conectado con este secreto de la Transmutación. En la próxima Nueva Era, se trabajará con esta Ley de la Transmutación, con el mismo conocimiento con que ahora se trabaja con las leyes que gobiernan la electricidad. 
El mago Mefistófeles actuaba con esta ley cuando transformó al viejo erudito Fausto en un exuberante joven en la cúspide de su floreciente juventud. Fue la comprensión de este secreto mágico de la transmutación lo que San Juan describió en su visión del Nuevo Día, cuando dijo que "las cosas anteriores han muerto". Se refería aquí a la edad, la enfermedad y la muerte que, mediante el poder de la Transmutación, dejan de obstruir la total manifestación del espíritu inmortal del hombre.
Como se ha dicho anteriormente, el Domingo de Pascua sólo se celebra correctamente tras la luna llena que sigue al equinoccio de primavera. La Pascua se celebra en domingo, que es el día del sol, y el sol es el hogar del Cristo Arcangélico.
La proyección sobre la Tierra de los poderosos rayos espirituales del Sol, el domingo, proporciona al hombre mayor impulso vibratorio que cualquier otro día de la semana.
Según los anales de las antiguas Escuelas de Misterios Cristianas, sus más elevadas revelaciones y sus más extáticas visiones las recibieron siempre en domingo.
Las Jerarquías antes referidas, que diseminan este poderoso impulso transmutador sobre la Tierra, lo dirigen hacia el Sol bajo la guía del Espíritu Solar, el Cristo. Esta fuerza, sin embargo, no es lo suficientemente potente como para producir su total efecto sobre la Humanidad, y por eso la luna llena se convierte en canal para su diseminación final. Por esta causa, la Humanidad, en su conjunto, ignora este gran influjo que nosotros conocemos como la celebración de la Marea de Pascual, hasta que la luna llena tiene lugar después del equinoccio de primavera. La gran masa de la Humanidad continúa respondiendo ampliamente a este influjo como a una tendencia instintiva o un deseo de participar en alguna reunión espiritual. Muchos dicen que van a la iglesia sólo una vez al año, y es por Pascua.
Existe también el impulso de vestir nuevos atavíos, como la naturaleza misma, y cubrirse con nuevas telas y tocarse con colores, para tomar parte en cualquier servicio conmemorativo o desfile de modelos. Éste es, en gran parte, el concepto que el mundo moderno tiene de la Pascua. Los Seres Poderosos y únicos, sin embargo, son persistentes e infalibles en Su ministerio al Planeta Tierra y, año tras año, este poderoso impulso espiritual eleva y espiritualiza gradualmente la Tierra y todo lo que en ella vive. La Humanidad comprobará un día que, gracias al proceso de transmutación que tiene lugar en la época de la Marea Pascual, será posible, no sólo vestir un nuevo traje, sino, como San Pablo dice, "quitarse el hombre viejo y ponerse el nuevo". Ésos son el verdadero y alto significado y el propósito de la estación pascual; y cada año, mayor número de seres desinteresados aprenden a hacerse servidores más eficientes de Cristo en Su gran labor, cuando canta Su triunfante canción de Pascua: "Yo soy la resurrección y la vida".

sábado, 16 de abril de 2011

El encuentro de San Francisco de Asís con el sultán Al Kamil

En agosto de 1219, Francisco de Asís desembarcó en Egipto a pocos kilómetros de la desembocadura del Nilo. En la víspera, el ejército cristiano de la quinta cruzada –comandada por el cardenal Pelagio y Juan de Brienne, rey sin trono de Jerusalén- había intentado una vez más, y sin éxito, doblegar la fortaleza mameluca de Damieta, en poder del sultán Al Kamil, hijo y heredero del todopoderoso sultán de El Cairo, Al Adil. 

Se encontró con el escenario de una inmensa tragedia. El campamento cristiano –o lo que quedaba de él- mostraba las huellas de un sin número de calamidades. Primero, una brutal inundación como consecuencia de la irrupción de la estación de las lluvias; luego la peste y el hostigamiento de los mamelucos. Apenas unas horas atrás, en un nuevo y desesperado intento por vencer aquellas murallas, casi cien de los mejores guerreros de la Orden del Temple y del Hospital habían dejado su vida bajo los pendones desafiantes de Al Kamil. 
La noticia de la llegada de Francisco causó una profunda conmoción en el diezmado campamento. La moral de aquellos miles de miserables soldados, aturdidos por la guerra y la peste no podían recibir un bálsamo mejor: Uno de los hombres más santos de la cristiandad, un icono de la paz y la piedad llegaba al centro de la llaga cruel en la que se consumían musulmanes y cristianos. 
Tal era el grado de aquella calamidad, que hasta el duque Leopoldo de Austria –uno de los grandes campeones de la cruzada- hastiado de tanta muerte como no había visto en toda su vida, había decidido regresar a Europa con sus tropas, debilitando aún más al ejercito de Pelagio. 
Pero este otro hombre venido de Asís no traía consigo refuerzos ni víveres para estas tropas hambrientas. Su aspecto tampoco se diferenciaba mucho del de los sorprendidos cruzados que se apretujaban a su alrededor para escuchar al monje más famoso de la cristiandad. 
Francisco no podía comprender esta guerra que ya llevaba más de un siglo y que se devoraba lo mejor de ambas culturas. Permítaseme citar aquí una irónica y sombría reflexión del historiador: “Había venido a oriente creyendo, como otras tantas personas buenas e ingenuas habían creído, antes y después de él, que una misión humanitaria podría conducir a la paz”[2] 
El primer problema se presentó con el legado papal. El cardenal Pelagio sentía una gran preocupación acerca de cómo podría afectar a su autoridad la presencia de un hombre tan virtuoso y respetado. Pero lo que lo dejó estupefacto fue que Francisco le demandara una inmediata autorización para reunirse con Al Kamil. 
Los hombres del sultán tampoco estaban muy seguros de la conveniencia de tal petición, pero la mayoría de los historiadores coincide en que finalmente concluyeron en que un hombre tan sencillo, piadoso y extremadamente sucio –por decisión propia- debía estar completamente loco. 
El cardenal Pelagio, a su vez, quería continuar su guerra lo antes posible, por lo que decidió despacharlo con embajada y bandera blanca a la corte de Al Kamil lo antes posible. El sultán recibió al monje y lo escuchó atentamente; estaba íntimamente convencido –al igual que su huésped- de que la paz era necesaria, convicción esta de la que daría muestras en el futuro. Pero el principal escollo para esa ansiada paz era Jerusalén. 



Al Kamil y Francisco mantuvieron extensas conversaciones. A Francisco le impresionaba que un hombre sabio y refinado como el sultán repudiase, por considerarlo una herejía, al dogma trinitario; mientras que Al Kamil, subyugado por el carisma de su iluminado visitante, lidiaba por tolerar su maloliente suciedad. Cuando las posiciones se tornaron inclaudicables, Francisco propuso al sultán someterse a una ordalía de fuego para demostrar la verdad de Jesucristo. Pero Al Kamil, encantado con su amigo cristiano, se negó a permitir semejante acto de fe, convencido del daño que esto le causaría al monje. Algunos historiadores afirman que la amabilidad del sultán fue la que el Islam impone a sus fieles para con los locos. Otros creen que, a sus ojos, Francisco era una suerte de “derviche” considerado un hombre santo en el mundo musulmán. 
El destino y la trascendencia de estos dos hombres –paradójicamente unidos por sus anhelos de paz en medio de un mundo violento- siguió por senderos muy diferentes. Francisco regresó a Italia, predicó hasta su muerte -acaecida en 1226- y fue elevado a los altares en 1228 para ser venerado entre los grandes santos de Occidente. Solo un año después, en 1229, Al Kamil firmaba el tratado de Jaffa con Federico II, comandante de la sexta cruzada, y reconocía por diez años la soberanía de los francos sobre Jerusalén. Esta acción le valió la condena de todo el Islam por traición. 
El líder egipcio Anwar el-Sadat sufrió –antes de ser asesinado mas de siete siglos después- el escarnio de ser comparado con Al Kamil, cuando selló la paz con Israel. Amin Maalouf en su obra sobre el punto de vista árabe de las cruzadas expresa: “Es cierto que las similitudes son perturbadoras. ¿Cómo dejar de pensar en el presidente Sadat al escuchar a Sibt Ibn al Jawazi denunciando, ante el pueblo de Damasco, la traición del señor de El Cairo, Al-Kamil, que tuvo la osadía de reconocer la soberanía del enemigo en la Ciudad Santa?[3] 



De una forma u otra, la originalidad del encuentro entre el santo y el sultán nos habla de una inmensa ausencia de diálogo entre ambas culturas que se combaten la una a la otra –con diferente suerte- desde que comenzó, hace catorce siglos, la expansión del Islam. Sin embargo, Maalouf coloca en el centro de la disputa al eje del conflicto: La soberanía sobre la Ciudad Santa, el control sobre sus santuarios, particularmente el antiguo emplazamiento del Templo de Jerusalén, que es el símbolo máximo de la alegoría masónica y razón de ser de la Orden de los Caballeros Templarios. 
Paradójicamente, pesa sobre los templarios la sospecha de haber estrechado vínculos con el Islam tan intensos como sus combates. 



Huston Smith- quizá el más grande de todos los especialistas en religiones comparadas del siglo XX- ha dicho: “...De todas las religiones no occidentales, el islamismo es la más próxima a Occidente; más próxima por su ubicación geográfica, pero también por su ideología, ya que desde el punto de vista religioso pertenece a la familia abrahamista, mientras que el filosófico descansa en los griegos... Pero pese a esta proximidad mental y espacial, el islamismo es la religión que más cuesta entenderse en Occidente...”[4] Esta dificultad ha sido admitida por muchos americanos. Hace algunos años –mucho antes que los asesores del Pentágono imaginaran una bienvenida de música y flores para las tropas invasoras de Irak- Meg Greenfield escribía en Newsweek “...Ninguna otra parte del mundo es incomprendida por nosotros de forma tan desesperante, sistemática y tozuda que esa estructura religiosa, cultural, y geográfica conocida como Islam...”[5] 
La misma incomprensión invade al mundo islámico frente al fenómeno que, para ellos, ha representado siempre el Occidente cristiano. La realidad histórica pareciera confirmar la preeminencia de una relación de confrontación con el Islam por sobre una relación de comprensión e intercambio. 
La civilización que se desarrolló en Europa, y que dio nacimiento a lo que llamamos Occidente, ha tenido en la base de su fenómeno histórico al cristianismo triunfante y a una sólida, metódica y permanente vocación expansionista. La francmasonería no sólo ha acompañado ese proceso sino que ha contribuido notoriamente a su construcción. El Islam, por su parte, constituye uno de los procesos expansivos más interesantes de la historia. 



Philip Hitti, en su “Historia de los árabes” escribe: “...Alrededor del nombre de los árabes brilla ese hálito que pertenece a los conquistadores del mundo. No transcurrido un siglo desde que surgieron, se hicieron amos de un imperio que se extendía desde las costas del Atlántico hasta los confines de China, un imperio más grande que el de Roma en su apogeo. En este período de expansión sin precedentes, integraron en su credo, su idioma, y hasta su tipo físico, más seres extraños a ellos que lo que hasta entonces, y desde entonces ha logrado ninguna otra raza, incluidas la helénica, la romana, la anglosajona y la rusa...”[6] 



Cuando Francisco de Asís y Al Kamil se reunieron en Egipto, estas dos culturas, con tiempos y desarrollos diferentes, ya manifestaban similitudes más inquietantes que sus diferencias. Ambas provenían del tronco abrahámico, en ambas existía una revelación excluyente, compartían la inclinación a la guerra y la conquista y ambas, antes y después intentarían expandir sus fronteras y su fe sobre la otra. Y si analizamos la relación de confrontación entre Occidente y el Islam, veremos que el mundo islámico no ha sido sólo el más próximo a Occidente sino su frontera misma, y que esta ha sido hostil durante toda su existencia. 




[2] Runciman, Steven; “Historia de las Cruzadas”, (Madrid, Revista de Occidente, 1957) Vol. II p.156 
[3] Maalouf, Amin; “Les croisades vues par les Arabes” 
[4] Smith, Huston; “Las Religiones del mundo” (España, Thassàlia, 1995) p. 231 y ss. 
[5] Greenfield, Meg; “Newsweek” (26 de marzo de 1979) p. 116