sábado, 10 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO AÑO NUEVO 2012

LA NAVIDAD DE GRECCIO
CELEBRADA POR SAN FRANCISCO (1223)
Relato de Tomás de Celano (1 Cel 84-87)

Digno de recuerdo y de celebrarlo con piadosa memoria es lo que hizo Francisco tres años antes de su gloriosa muerte, cerca de Greccio, el día de la natividad de nuestro Señor Jesucristo. Vivía en aquella comarca un hombre, de nombre Juan, de buena fama y de mejor tenor de vida, a quien el bienaventurado Francisco amaba con amor singular, pues, siendo de noble familia y muy honorable, despreciaba la nobleza de la sangre y aspiraba a la nobleza del espíritu. Unos quince días antes de la navidad del Señor, el bienaventurado Francisco le llamó, como solía hacerlo con frecuencia, y le dijo: «Si quieres que celebremos en Greccio esta fiesta del Señor, date prisa en ir allá y prepara prontamente lo que te voy a indicar. Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno». En oyendo esto el hombre bueno y fiel, corrió presto y preparó en el lugar señalado cuanto el Santo le había indicado.

Llegó el día, día de alegría, de exultación. Se citó a hermanos de muchos lugares; hombres y mujeres de la comarca, rebosando de gozo, prepararon, según sus posibilidades, cirios y teas para iluminar aquella noche que, con su estrella centelleante, iluminó todos los días y años. Llegó, en fin, el santo de Dios y, viendo que todas las cosas estaban dispuestas, las contempló y se alegró. Se prepara el pesebre, se trae el heno y se colocan el buey y el asno. Allí la simplicidad recibe honor, la pobreza es ensalzada, se valora la humildad, y Greccio se convierte en una nueva Belén. La noche resplandece como el día, noche placentera para los hombres y para los animales. Llega la gente, y, ante el nuevo misterio, saborean nuevos gozos. La selva resuena de voces y las rocas responden a los himnos de júbilo. Cantan los hermanos las alabanzas del Señor y toda la noche transcurre entre cantos de alegría. El santo de Dios está de pie ante el pesebre, desbordándose en suspiros, traspasado de piedad, derretido en inefable gozo. Se celebra el rito solemne de la misa sobre el pesebre y el sacerdote goza de singular consolación.

El santo de Dios viste los ornamentos de diácono, pues lo era, y con voz sonora canta el santo evangelio. Su voz potente y dulce, su voz clara y bien timbrada, invita a todos a los premios supremos. Luego predica al pueblo que asiste, y tanto al hablar del nacimiento del Rey pobre como de la pequeña ciudad de Belén dice palabras que vierten miel. Muchas veces, al querer mencionar a Cristo Jesús, encendido en amor, le dice «el Niño de Bethleem», y, pronunciando «Bethleem» como oveja que bala, su boca se llena de voz; más aún, de tierna afección. Cuando le llamaba «niño de Bethleem» o «Jesús», se pasaba la lengua por los labios como si gustara y saboreara en su paladar la dulzura de estas palabras.

Se multiplicaban allí los dones del Omnipotente; un varón virtuoso tiene una admirable visión. Había un niño que, exánime, estaba recostado en el pesebre; se acerca el santo de Dios y lo despierta como de un sopor de sueño. No carece esta visión de sentido, puesto que el niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados. Terminada la solemne vigilia, todos retornaron a su casa colmados de alegría.

Se conserva el heno colocado sobre el pesebre, para que, como el Señor multiplicó su santa misericordia, por su medio se curen jumentos y otros animales. Y así sucedió en efecto: muchos animales de la región circunvecina que sufrían diversas enfermedades, comiendo de este heno, curaron de sus dolencias. Más aún, mujeres con partos largos y dolorosos, colocando encima de ellas un poco de heno, dan a luz felizmente. Y lo mismo acaece con personas de ambos sexos: con tal medio obtienen la curación de diversos males.

El lugar del pesebre fue luego consagrado en templo del Señor: en honor del beatísimo padre Francisco se construyó sobre el pesebre un altar y se dedicó una iglesia, para que, donde en otro tiempo los animales pacieron el pienso de paja, allí coman los hombres de continuo, para salud de su alma y de su cuerpo, la carne del Cordero inmaculado e incontaminado, Jesucristo, Señor nuestro, quien se nos dio a sí mismo con sumo e inefable amor y que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo y es Dios eternamente glorioso por todos los siglos de los siglos. Amén. Aleluya. Aleluya.



Relato de San Buenaventura (LM 10,7)

Tres años antes de su muerte se dispuso Francisco a celebrar en el castro de Greccio, con la mayor solemnidad posible, la memoria del nacimiento del niño Jesús, a fin de excitar la devoción de los fieles.

Mas para que dicha celebración no pudiera ser tachada de extraña novedad, pidió antes licencia al sumo pontífice; y, habiéndola obtenido, hizo preparar un pesebre con el heno correspondiente y mandó traer al lugar un buey y un asno.

Son convocados los hermanos, llega la gente, el bosque resuena de voces, y aquella noche bendita, esmaltada profusamente de claras luces y con sonoros conciertos de voces de alabanza, se convierte en esplendorosa y solemne.

El varón de Dios estaba lleno de piedad ante el pesebre, con los ojos arrasados en lágrimas y el corazón inundado de gozo. Se celebra sobre el mismo pesebre la misa solemne, en la que Francisco, levita de Cristo, canta el santo evangelio. Predica después al pueblo allí presente sobre el nacimiento del Rey pobre, y cuando quiere nombrarlo -transido de ternura y amor-, lo llama «Niño de Bethlehem».

Todo esto lo presenció un caballero virtuoso y amante de la verdad: el señor Juan de Greccio, quien por su amor a Cristo había abandonado la milicia terrena y profesaba al varón de Dios una entrañable amistad. Aseguró este caballero haber visto dormido en el pesebre a un niño extraordinariamente hermoso, al que, estrechando entre sus brazos el bienaventurado padre Francisco, parecía querer despertarlo del sueño.

Dicha visión del devoto caballero es digna de crédito no sólo por la santidad del testigo, sino también porque ha sido comprobada y confirmada su veracidad por los milagros que siguieron. Porque el ejemplo de Francisco, contemplado por las gentes del mundo, es como un despertador de los corazones dormidos en la fe de Cristo, y el heno del pesebre, guardado por el pueblo, se convirtió en milagrosa medicina para los animales enfermos y en revulsivo eficaz para alejar otras clases de pestes. Así, el Señor glorificaba en todo a su siervo y con evidentes y admirables prodigios demostraba la eficacia de su santa oración.



Relato del P. Cuthbert

El viajero que desde el valle de Espoleto entra por el sur al valle de Rieti, se da en seguida cuenta de que aquél es un país diferente, a pesar de que en los mapas el distrito de Rieti, rodeado de altas montañas, está señalado como formando parte de Umbría. Hay un no sé qué de altanero, tanto en el aspecto del paisaje como en el carácter de sus habitantes; pero es una altivez que no tiene el menor resabio de hostilidad. Por el contrario, allí se encuentra una hospitalidad generosa, un deseo de que el visitante tenga la sensación de hallarse en su casa. Rieti tiene aires de gran señor, aun cuando hace entrega de lo mejor de sí mismo, distintivo que ostentan frecuentemente los pueblos inconquistados de las montañas. [...]

No maravilla que Francisco buscase refugio en el valle de Rieti, para apartarse de los cuidados y agitación de su apostolado activo, ni que en los años de su gran tribulación fuese allí a fortalecerse para el sufrimiento y la batalla. Y no podemos imaginar lugar más adecuado que aquel retiro montañés, para situar en él aquellos últimos años en que Francisco, lleno el espíritu de la expectación de la muerte, no podía ya ver turbada por los clamores del mundo la paz reconquistada.

Al abandonar Roma después de la solemne aprobación de la Regla por Honorio III en noviembre de 1223, tenía la certeza de haber realizado el acto culminante de su ministerio. Sabía que de diferentes maneras había desaparecido la simplicidad de los primeros años; pero en la medida de sus fuerzas había asegurado a todos los que amaban la vocación de la pobreza, la libertad de observarla con la autorización suprema de la Iglesia. Y sentía ahora que, descontando el dar buen ejemplo, su labor había terminado; con mayor independencia podía entregarse a la vida oculta con Cristo su Señor. En adelante, el mundo y los hombres apenas turbarán su alma, sumida cada vez más íntimamente en el abrazo del Amado; y las voces de la tierra llegarán a su interior tan sólo a través de aquella vida mística que es fronteriza con la eternidad.

Acercábase Navidad. Faltaban dos semanas para tan dulce fiesta y Francisco se hallaba otra vez en el valle de Rieti, probablemente en su celda de rocas de Monte Rainerio (Fontecolombo); y había invitado a un amigo a acompañarle, Giovanni de Vellita. Giovanni vivía en Greccio, a algunas millas hacia el norte siguiendo el camino que conduce al lago. Algunos años antes había conocido a Francisco en una de sus misiones, cayendo entonces bajo el hechizo de su espíritu y pasando a ser uno de sus discípulos aislados. Era hombre de posición desahogada y tenía algunas tierras en su país natal. Queriendo inducir a Francisco a residir algunas temporadas en aquel vecindario y conociendo su afición a los retiros solitarios, había dispuesto para su uso algunas cuevas en el peñascal que mira a la villa de Greccio, construyendo allí, en torno de las cuevas, un tosco eremitorio a gusto de Francisco, donde pudiesen vivir algunos frailes. La villa de Greccio se asienta sobre una elevada arista de roca, al borde de una anchurosa oquedad. Puede contemplar en el fondo acomodadas masadas y viñedos resguardados del viento norteño por la desnuda montaña escalonada. A la extremidad de la hondonada, opuesta a la población, la roca viva se alza cortada a pico a algunos centenares de pies. En la cúspide de esa roca está el eremitorio que Giovanni dio a los frailes; pero, en sus alrededores hay terreno llano suficiente para que el bosque brinde sus sombras hospitalarias.

Francisco conocía bien aquel paraje y sentía vivos deseos de celebrar allí la fiesta de Navidad. En la paz recobrada por su alma, el mundo se transfiguraba con signos sacramentales; al meditar durante el adviento el misterio de Belén, sentía un deseo vehementísimo, cual no lo sintiera anteriormente, de tener la visión de Cristo sobre la tierra. La dulzura de la condescendencia divina había penetrado en su alma con vital insistencia; en espíritu contemplaba la pobreza del nacimiento de su Señor, por el amor iluminada, y quería más todavía, a saber, la visión material de lo que espiritualmente adivinara. Quería ver este misterio de amor en su forma terrena y realizar con su representación el desposorio del cielo y de la tierra; y hacer de esta suerte que Dios habitara de nuevo entre las cosas temporales.

Así, pues, en llegando Giovanni díjole Francisco: «Quisiera conmemorar aquel Niño que nació en Belén y ver de algún modo con mis ojos corporales los trabajos de su infancia; ver cómo yacía sobre la paja en un establo, con el buey y el asno a su lado. Si tú quieres, celebraremos esta fiesta en Greccio, adonde irás antes a preparar lo que te diga». Giovanni fue, pues, a Greccio, y en el bosque, cerca de las ermitas, dispuso un establo con un pesebre y al lado del pesebre un altar. Y Francisco envió a decir a todos los frailes del valle de Rieti que se reuniesen con él en Greccio para celebrar la Navidad.

Llegó la vigilia de Navidad, y como se acercase la hora de la misa de medianoche, los vecinos de ambos sexos de la población y del campo acudieron al eremitorio llevando hachas encendidas que proyectaban un juego de sombras en la ladera de la colina a medida que avanzaban con paso firme; al reunirse en grupo compacto entorno al establo, todo aquel lado de la oquedad parecía en llamas. Francisco ofició de diácono, impregnándose sus funciones sagradas con el embeleso y la solicitud de la madre que cuida a su hijo. Cuando, después del Evangelio, se adelantó a predicar, sintió la muchedumbre como que un misterio oculto iba a ser realmente revelado a sus ojos; el predicador le comunicaba su propia visión de Belén y la hacía estremecer con sus emociones personales. Parecía haber perdido la noción del concurso de gente que le rodeaba y no ver más que al Divino Niño, a su cuidado maternal, acariciado por la pobreza y adorado por la sencillez. Tiernamente le saludaba, llamándole «Niño de Belén» y «Jesús», y al pronunciar estos nombres parecía paladearlos con extraordinaria dulzura; y la palabra «Beth-le-em» la exhalaba con una entonación cual si fuese el balido de adoración de las ovejuelas de las colinas de Judea. De vez en cuando inclinábase sobre el pesebre y lo acariciaba. Giovanni aseguró después que vio un niño tendido en la comedera como si estuviese muerto, el cual despertó al contacto de Francisco. Todos los circunstantes creyeron que aquella noche Greccio se había convertido en otro Belén.

Durante el resto del invierno y ya muy entrada la primavera, parece que Francisco siguió habitando el eremitorio en la peña, pero no enteramente incomunicado con los hombres. Porque el mismo amor que le aproximaba a Cristo el Amado en la soledad, le impelía a anunciar al prójimo el evangelio del amor redentor de Cristo. [...]

Poco después de la muerte de Francisco, erigióse una capilla en el lugar del establo. La capilla existe todavía; próxima a ella hay otra más espaciosa construida algo más tarde. Recientemente se ha edificado una nueva iglesia, más moderna.

[P. Cuthbert, Vida de San Francisco de Asís, Barcelona 19563, 287-291]



Relato de Leonhard Lehmann

Volvamos ahora a Greccio, el lugar vinculado por antonomasia con la Navidad franciscana. Para ello, resumiremos los amplios y detallados relatos de los biógrafos, destacando algunas líneas básicas que completan el cuadro trazado por el Salmo Navideño. Greccio nos muestra sobre todo el aspecto experiencial. ¿Cómo celebró Francisco la fiesta del nacimiento del Salvador?

En la Vida primera, escrita por Tomás de Celano en 1228, el primer biógrafo de san Francisco describe con todo entusiasmo cómo celebró nuestro Padre la Navidad del año 1223 en el pueblecito de Greccio (1 Cel 84-86). San Buenaventura se basará en este relato para narrarnos, aunque de forma más breve, el mismo acontecimiento en su Leyenda Mayor, escrita en 1262 (LM 10, 7). Ambos relatos nos informan sobre la famosa celebración navideña: el Pobrecillo quiso reproducir, con la máxima fidelidad posible, un segundo Belén, con el buey y el asno, sirviéndose de una hendidura natural en la roca como cuna para el Niño Jesús, en plena naturaleza y en el corazón de la noche. Pero no sólo quiso reproducir visiblemente el acontecimiento de Belén; Francisco quería también que los asistentes participaran de lo que allí se celebraba y que la celebración les impulsara a una fe más profunda y a una devoción más ardiente. Así pues, invitó a todos los hermanos de los eremitorios cercanos, al igual que a la gente de Greccio y de sus alrededores. Acudió con todos ellos, en solemne procesión, llevando velas y antorchas, al lugar previamente preparado y, una vez allí, empezó la sagrada representación del misterio del nacimiento del Hijo de Dios. Debe subrayarse que una parte de esta celebración nocturna y a cielo abierto consistió precisamente en la celebración de la misa. Francisco participó en ella en su calidad de diácono. Cantó con voz emocionada el evangelio del nacimiento de Cristo, y luego predicó. Pero su predicación no fue una exposición doctrinal, sino más bien una representación mímica. Predicó con el corazón y con las manos, con el rostro y con los gestos, con palabras y con todo su ser. Su cuerpo entero expresaba la plenitud de sus experiencias íntimas. Como dice Celano, cuando pronunciaba las palabras «Je-sús» o «Beth-le-em» parecía un niño tartamudo o una oveja que bala.

Tras tan singular e inimitable predicación, que reproducía con gestos más que con palabras el misterio del nacimiento del Hijo de Dios, el hermano sacerdote se acercó junto con Francisco al altar preparado sobre la roca y prosiguió la eucaristía. El misterio de la encarnación de Dios desemboca en el misterio de la redención y en el de la nueva presencia de Cristo glorioso en la eucaristía.

Si Francisco proclamó y visualizó mímicamente el nacimiento de Cristo con tanta emoción y expresividad, podemos imaginarnos el fervor con que saludaría después al Redentor que se hacía presente sobre el altar, cómo lo adoraría y con cuánta fe lo recibiría.

La celebración navideña de Greccio fue mucho más que la representación de un misterio. Por su vinculación con la misa, fue una celebración litúrgica cuasi-dramática, cuyo punto esencial consistió, no en la representación de una historia, sino en la actualización y vivencia de un misterio de fe. De hecho, según afirma Celano, la fe, apagada en los corazones de muchos, se despertó a una nueva vida (1 Cel 86b).

La liturgia navideña de Greccio no queda anclada en el acontecimiento de Belén, sino que sigue a Jesús hasta el Gólgota y lo reconoce como el Redentor y el Glorificado que desciende nuevamente hoy hasta nosotros y se nos da en la comunión. Así pues, Belén, la cruz y el altar quedan ensamblados en una misma celebración de fe. No es, por tanto, difícil descubrir en todo ello una vinculación con el Salmo Navideño, cuyo rasgo distintivo, como antes vimos, radica en la visión unificada de la cuna y la cruz. En la celebración de Greccio el arco se amplía todavía más, llegando hasta la eucaristía, donde Dios continúa entregándosenos cada día.

La Navidad de Greccio fue una fiesta única, y esto en un doble sentido: en primer lugar, porque ni Francisco ni sus hijos espirituales la repitieron; y, además, porque es incomparable e irrepetible.

Por otra parte, no debemos olvidar que, a pesar de toda su singularidad, la expresiva y eficaz representación del misterio de la Navidad en Greccio, si exceptuamos la celebración de la eucaristía, se inscribe dentro de la tradición medieval de las representaciones de los misterios del tiempo navideño. Tiene algunos puntos de contacto sobre todo con los dramas bucólicos.

En fin, sería erróneo considerar a Francisco como el introductor de las escenificaciones del belén, como tantas veces alegan escritos edificantes e incluso científicos. Con anterioridad a Francisco ya hubo algunas escenificaciones sencillas del belén, aunque no muy numerosas; por ejemplo, en Santa María la Mayor, de Roma. Y nuestros conocidos y populares belenes, con sus gráficas figuras que van acercándose paulatinamente al portal, aparecieron bastante más tarde, a partir del siglo XVI, como una derivación de esas escenificaciones sacras. Su difusión se debe más a los jesuitas que a los franciscanos.

Así pues, con la escenificación de la Nochebuena, Francisco se halla, por una parte, dentro de la corriente de su tiempo; pero, por otra, la vinculación de esta representación con la eucaristía es un elemento nuevo y presenta rasgos singulares e inimitables que hay que agradecer a las dotes de simplicidad e improvisación de Francisco. Toda su celebración litúrgica cuasidramática está impregnada de la experiencia y transmisión de la fe de Francisco, tan personal, global y sensible. Aquí y en la universal popularidad del Santo radica el que la voz popular quiera presentarlo como el introductor y difusor del belén. Pero el Pobrecillo de Asís no tiene necesidad de esta falsa gloria.

En todo el magnífico resplandor de Greccio, en toda la admiración de aquella maravillosa celebración escenificada por Francisco, debemos tener muy presente su Salmo Navideño, serio, sereno, que nos invita a la imitación y el seguimiento: Francisco y sus hermanos lo recitaban varias veces al día durante todo el tiempo de Navidad, y aquel salmo-meditación iba acompasando su jornada y produciendo en su vida cotidiana lo que en Greccio floreció en fiesta inolvidable. He aquí el texto del Salmo Navideño de san Francisco (OfP 15):

Gritad de gozo a Dios, nuestra ayuda; * aclamad al Señor Dios vivo y verdadero con gritos de júbilo.

Porque el Señor es excelso, * terrible, Rey grande sobre toda la tierra.

Porque el santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, * y nació de la bienaventurada Virgen santa María.

Él me invocó: Tú eres mi Padre; * y yo lo constituiré mi primogénito, excelso sobre los reyes de la tierra.

En aquel día envió el Señor su misericordia, * y de noche su cántico.

Éste es el día que hizo el Señor, * exultemos y alegrémonos en él.

Porque un santísimo niño amado se nos ha dado, y nació por nosotros de camino y fue puesto en un pesebre, * porque no tenía lugar en la posada.

Gloria al Señor Dios en las alturas, * y en la tierra, paz a los hombres de buena voluntad.

Alégrense los cielos y exulte la tierra, conmuévase el mar y cuanto lo llena; * se alegrarán los campos y todo lo que hay en ellos.

Cantadle un cántico nuevo, * cantad al Señor, toda la tierra.

Porque grande es el Señor y muy digno de alabanza, * más temible que todos los dioses.

Familias de los pueblos, ofreced al Señor, ofreced al Señor gloria y honor, * ofreced al Señor gloria para su nombre.

Ofreced vuestros cuerpos y llevad a cuestas su santa cruz, * y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos.

[L. Lehmann, El "Salmo Navideño" de san Francisco (OfP 15), en Selecciones de Franciscanismo, vol. XX, núm. 59 (1991) 261-263]



Benedicto XVI
Audiencia General del Miércoles 23 de diciembre de 2009

Queridos hermanos y hermanas:

Con la Novena de Navidad que estamos celebrando en estos días, la Iglesia nos invita a vivir de modo intenso y profundo la preparación al Nacimiento del Salvador, ya inminente. El deseo, que todos llevamos en el corazón, es que la próxima fiesta de la Navidad nos dé, en medio de la actividad frenética de nuestros días, una serena y profunda alegría para que nos haga tocar con la mano la bondad de nuestro Dios y nos infunda nuevo valor.

Para comprender mejor el significado de la Navidad del Señor quisiera hacer una breve referencia al origen histórico de esta solemnidad. De hecho, el Año litúrgico de la Iglesia no se desarrolló inicialmente partiendo del nacimiento de Cristo, sino de la fe en su resurrección. Por eso la fiesta más antigua de la cristiandad no es la Navidad, sino la Pascua; la resurrección de Cristo funda la fe cristiana, está en la base del anuncio del Evangelio y hace nacer a la Iglesia. Por lo tanto, ser cristianos significa vivir de modo pascual, implicándonos en el dinamismo originado por el Bautismo, que lleva a morir al pecado para vivir con Dios (cf. Rm 6,4).

El primero que afirmó con claridad que Jesús nació el 25 de diciembre fue Hipólito de Roma, en su comentario al libro del profeta Daniel, escrito alrededor del año 204. Algún exegeta observa, además, que ese día se celebraba la fiesta de la Dedicación del Templo de Jerusalén, instituida por Judas Macabeo en el 164 antes de Cristo. La coincidencia de fechas significaría entonces que con Jesús, aparecido como luz de Dios en la noche, se realiza verdaderamente la consagración del templo, el Adviento de Dios a esta tierra.

En la cristiandad la fiesta de Navidad asumió una forma definida en el siglo IV, cuando tomó el lugar de la fiesta romana del «Sol invictus», el sol invencible; así se puso de relieve que el nacimiento de Cristo es la victoria de la verdadera luz sobre las tinieblas del mal y del pecado. Con todo, el particular e intenso clima espiritual que rodea la Navidad se desarrolló en la Edad Media, gracias a san Francisco de Asís, que estaba profundamente enamorado del hombre Jesús, del Dios-con-nosotros. Su primer biógrafo, Tomás de Celano, en la Vita seconda narra que san Francisco «con preferencia a las demás solemnidades, celebraba con inefable alegría la del Nacimiento del Niño Jesús; la llamaba fiesta de las fiestas, en la que Dios, hecho niño pequeño, se crió a los pechos de madre humana» (2 Cel 199). De esta particular devoción al misterio de la Encarnación se originó la famosa celebración de la Navidad en Greccio. Probablemente, para ella san Francisco se inspiró durante su peregrinación a Tierra Santa y en el pesebre de Santa María la Mayor en Roma. Lo que animaba al Poverello de Asís era el deseo de experimentar de forma concreta, viva y actual la humilde grandeza del acontecimiento del nacimiento del Niño Jesús y de comunicar su alegría a todos.

En la primera biografía, Tomás de Celano habla de la noche del belén de Greccio de una forma viva y conmovedora, dando una contribución decisiva a la difusión de la tradición navideña más hermosa, la del belén. La noche de Greccio devolvió a la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad y educó al pueblo de Dios a captar su mensaje más auténtico, su calor particular, y a amar y adorar la humanidad de Cristo. Este particular enfoque de la Navidad ofreció a la fe cristiana una nueva dimensión. La Pascua había concentrado la atención sobre el poder de Dios que vence a la muerte, inaugura una nueva vida y enseña a esperar en el mundo futuro. Con san Francisco y su belén se ponían de relieve el amor inerme de Dios, su humildad y su benignidad, que en la Encarnación del Verbo se manifiesta a los hombres para enseñar un modo nuevo de vivir y de amar.

Celano narra que, en aquella noche de Navidad, le fue concedida a san Francisco la gracia de una visión maravillosa. Vio que en el pesebre yacía inmóvil un niño pequeño, que se despertó del sueño precisamente por la cercanía de san Francisco. Y añade: «No carece esta visión de sentido, puesto que el Niño Jesús, sepultado en el olvido en muchos corazones, resucitó por su gracia, por medio de su siervo Francisco, y su imagen quedó grabada en los corazones enamorados» (1 Cel 86). Este cuadro describe con gran precisión todo lo que la fe viva y el amor de san Francisco a la humanidad de Cristo han transmitido a la fiesta cristiana de la Navidad: el descubrimiento de que Dios se revela en los tiernos miembros del Niño Jesús. Gracias a san Francisco, el pueblo cristiano ha podido percibir que en Navidad Dios ha llegado a ser verdaderamente el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros, del que no nos separa ninguna barrera ni lejanía. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tú y mantener con él una relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.

En ese Niño se manifiesta el Dios-Amor: Dios viene sin armas, sin la fuerza, porque no pretende conquistar, por decir así, desde fuera, sino que quiere más bien ser acogido libremente por el hombre; Dios se hace Niño inerme para vencer la soberbia, la violencia, el afán de poseer del hombre. En Jesús, Dios asumió esta condición pobre y conmovedora para vencer con el amor y llevarnos a nuestra verdadera identidad. No debemos olvidar que el título más grande de Jesucristo es precisamente el de «Hijo», Hijo de Dios; la dignidad divina se indica con un término que prolonga la referencia a la humilde condición del pesebre de Belén, aunque corresponda de manera única a su divinidad, que es la divinidad del «Hijo».

Su condición de Niño nos indica además cómo podemos encontrar a Dios y gozar de su presencia. A la luz de la Navidad podemos comprender las palabras de Jesús: «Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18,3). Quien no ha entendido el misterio de la Navidad, no ha entendido el elemento decisivo de la existencia cristiana. Quien no acoge a Jesús con corazón de niño, no puede entrar en el reino de los cielos; esto es lo que san Francisco quiso recordar a la cristiandad de su tiempo y de todos los tiempos, hasta hoy. Oremos al Padre para que conceda a nuestro corazón la sencillez que reconoce en el Niño al Señor, precisamente como hizo san Francisco en Greccio. Así pues, también a nosotros nos podría suceder lo que Tomás de Celano, refiriéndose a la experiencia de los pastores en la Noche Santa (cf. Lc 2,20), narra a propósito de quienes estuvieron presentes en el acontecimiento de Greccio: «Todos retornaron a su casa colmados de alegría» (1 Cel 86).

Este es el deseo que os expreso con afecto a todos vosotros, a vuestras familias y a vuestros seres queridos. ¡Feliz Navidad a todos!

miércoles, 11 de mayo de 2011

PROFECIAS DE SAN FRANCISCO

Poco antes de morir, San Francisco de Asís reunió a sus seguidores y les advirtió de los problemas venideros, diciendo:

1. Sean fuertes, mis hermanos, tomen fuerza y crean en el Señor. Se acerca rápidamente el tiempo en el que habrá grandes pruebas y tribulaciones; abundarán perplejidades y disensiones, tanto espirituales como temporales; la caridad de muchos se enfriará, y la malicia de los impíos se incrementará.

2. Los demonios tendrá un poder inusual; la pureza inmaculada de nuestra Orden y de otras, se oscurecerá en demasía, ya que habrá muy pocos cristianos que obedecerán al verdadero Sumo Pontífice y a la Iglesia Romana con corazones leales y caridad perfecta. En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte.

3. Entonces, los escándalos se multiplicarán, nuestra Orden se dividirá, y muchas otras serán destruidas por completo, porque se aceptará el error en lugar de oponerse a él.

4. Habrá tal diversidad de opiniones y cismas entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios.

5. Entonces, nuestra Regla y nuestra forma de vida serán violentamente combatidas por algunos, y vendrán terribles pruebas sobre nosotros. Los que sean hallados fieles recibirán la corona de la vida, pero ¡ay de aquellos que, confiando únicamente en su Orden, se dejen caer en la tibieza!, porque no serán capaces de soportar las tentaciones permitidas para prueba de los elegidos.

6. Aquellos que preserven su fervor y se adhieran a la virtud con amor y celo por la verdad, han de sufrir injurias y persecuciones; serán considerados como rebeldes y cismáticos, porque sus perseguidores, empujados por los malos espíritus, dirán que están prestando un gran servicio a Dios mediante la destrucción de hombres tan pestilentes de la faz de la tierra. Pero el Señor ha de ser el refugio de los afligidos, y salvará a todos los que confían en Él. Y para ser como su Cabeza [Cristo], estos, los elegidos, actuarán con esperanza, y por su muerte comprarán para ellos mismos la vida eterna; eligiendo obedecer a Dios antes que a los hombres, ellos no temerán nada, y han de preferir perecer antes que consentir en la falsedad y la perfidia.

7. Algunos predicadores mantendrán silencio sobre la verdad, y otros la hollarán bajo sus pies y la negarán. La santidad de vida se llevará a cabo en medio de burlas, proferidas incluso por aquellos que la profesarán hacia el exterior, pues en aquellos días Nuestro Señor Jesucristo no les enviará a éstos un verdadero Pastor, sino un destructor.”

Obras del Seráfico Padre San Francisco de Asís, Washbourne, 1882, pp 248-250.

jueves, 28 de abril de 2011

EL ESPIRITU SANTO

El espíritu santo y el misterio de la trinidad
El  misterio de la trinidad en el cristianismo consta de tres partes que a su vez forman una divinidad, pero sobre esto hay diferentes versiones ya que se trata de un misterio, o mejor dicho de algo no explicado porque no deja claridad respecto a que se refiere. Si nos debemos a la literalidad de las palabras, Padre, Hijo y Espíritu Santo, la cosa no es muy difícil con el Padre y el Hijo, el Padre es el creador, cuyo máximo exponente como hijo en el cristianismo es Jesús, el Padre nuestro, Padre celestial, es en realidad el Dios de Adán y Eva, el dios creador del ser humano, Jesús es hijo del padre, al que se le aparece el Espíritu Santo, o posee el Espíritu Santo. La cuestión del Espíritu desde la antigua cultura Sumeria se refería a la esencia divina que impregnaba la vida y se transmitía a través de ella, al igual que se transmite la información con los genes, pero cuando tratamos de Espíritu Santo hay que pensar en una esencia superior, en las antiguas escrituras se hacen muchas referencias a diferentes aspectos del Espíritu Santo con diversos nombres, quizá con ello se quiera indicar las múltiples maneras en que Dios  manifiesta su poder y cualidades e impregna a los seres humanos, “Espíritu de Vida, “Espíritu de Sabiduría”, Espíritu de la Verdad”, etc…. Quizá para entender el llamado misterio de la trinidad con tres entidades que conforman una sola, sea mejor entender la trinidad como tres entidades diferenciadas por su naturaleza pero vinculadas entre si por un elemento común, y quizá por ello se entienda que Dios esta en todos nosotros. En lo que respecta al hijo, a Jesús y el resto de seres humanos no hacen falta comentarios, creados por Dios al cual llamamos Padre, un Padre que es muy severo con sus hijos en algunas ocasiones y en otras es muy generoso, hay épocas en que el Padre no ayuda en nada a los hijos e incluso causa la muerte de muchos seres humanos, como es el caso de las plagas Sobre Egipto y la muerte que cae sobre muchos Egipcios por orden del padre, así como la destrucción masiva de algunas ciudades por azufre y fuego como relatan los textos antiguos, no parece que sean acciones propias de un padre que quiere a sus hijos, mientras que en otros casos la intervención de Dios supone la ayuda y salvación de otros seres humanos, y aunque los israelitas se consideran el pueblo elegido no parece que siempre Dios les ayuda, encontramos un Dios de gran dualidad y conductas claramente antagónicas, ésta dualidad del Padre creador sólo es comprensible desde la contraposición de la divinidad y de la no conformidad con la creación de los seres humanos, destruir la vida creada por muy defectuosa que fuese no parece una conducta aceptable, pues el defecto es a los ojos de Dios, del Padre, si un hijo no sigue las normas del padre se busca la manera de corregirlo pero no se le destruye, y hay más de un relato en que el Padre creador es claramente un destructor, hay mucho sufrimiento detrás de la mano de Dios, es difícil encontrar momentos en que Dios se muestra compasivo con los seres humanos, la tragedia le precede y sólo en el nuevo testamento con la llegada del hijo, de Jesús se manifiesta la compasión y el amor, pero volviendo al Padre creador, tenemos relatos como los del Diluvio donde algunos como Noé son elegidos para salvarse, lo que deja claro que en esa dualidad del padre creador ante una catástrofe como la del Diluvio hay una ayuda mínima con el objetivo de la supervivencia de la humanidad. No hay duda que Díos como padre esta presente en nuestra historia con actos que dejan una huella trágica, desde luego no hay que pensar que toda la fatalidad y sufrimiento de la humanidad es voluntad de Dios, pero si se aprecian dos tratos diferentes, uno de ayuda y otro de castigo, siendo este último el que más destaca hasta el nacimiento de Jesús, donde se manifiesta a partir de entonces la otra cara de Dios, un hijo, Jesús que transmite las enseñanzas de amor y compasión de un Padre diferente, de un Dios que no se manifiesta directamente, sino a través de su hijo Jesús, pero volviendo al Dios padre del antiguo testamento, tenemos a Yahvé que señala a Josué como sucesor de Moisés porque en él también esta el espíritu, y Moisés le impone su mano para que Josué también goce del espíritu de Sabiduría, este es uno más de lo atributos que se transfieren a través del espíritu de Dios, pero eso no significa que sea un acción directa del Espíritu Santo, sino más bien la transmisión del espíritu de Dios y sus dones. Los judíos llamaban al espíritu Ruah como soplo que infunde vida, algo similar la esencia vital, según relata Isaías Dios derrama su espíritu sobre los hijos de su pueblo, o sea, el espíritu se derrama sobre los seres y de ahí el simbolismo del Espíritu Santo asociado al agua.  
En el mismo cristianismo se ha considerado al espíritu santo desde diversos puntos de vista, unos los han considerado como una entidad de naturaleza angélica, incluso a quien ha pensado que es un ser independiente de Dios, y no hay que olvidar que hasta el siglo XVIII se representaba mediante una figura humana, cosa que se prohibió representándose desde entonces bajo el símbolo de la Paloma y con ello de la paz. 
Se podría considerar el Espíritu Santo como un entidad espiritual superior cuyo poder no sólo se establece y manifiesta en los planos inmateriales, sino también en el plano material, bien a través de la acción directa, o a través de Dios o del resto de seres, el objetivo del Espíritu Santo sería la “santidad”, o sea, el desarrollo de la vida en su  correcta conciencia y por ello su intervención es sutil al actuar en el plano espiritual y en la esencia de los seres. Si el espíritu Santo está en Dios y en los seres creados por él, se puede decir padre, hijo y Espíritu Santo quizá no sean una misma cosa, o misma persona, sino que tendrían en esencia la misma naturaleza espiritual y participar de forma consciente o inconsciente de un objetivo común, que sin duda sería la continuidad y preservación de la vida y el desarrollo de la conciencia, lo que lleva implícito un orden y un sentido. En el nuevo testamento Jesús trata  con el padre y realiza muchos ruegos, sin embargo, la manifestación e intervención del Espíritu Santo es siempre muy sutil pero no por ello menos significativa, pues su presencia en ciertas ocasiones es signo de garantía de lo que es y debe ser.  Atendiendo a lo comentado anteriormente no hay que confundir el espíritu de Dios con el Espíritu Santo, ya que, éste actúa en un plano muy superior a Dios.  La manifestación del Espíritu Santo en los seres humanos se percibe a través de determinadas, cualidades, facultades o dones de naturaleza espiritual

domingo, 24 de abril de 2011

ESOTERISMO Y PASCUA


El significado esotérico de la Pascua

Resurrección de Jesús - feresuelta.wordpress.com

Resurrección de Jesús 
Todos los elementos de la religión, ceremonias, ritos e historias, guardan un contenido esotérico, que no muchos conocen.
Según la Real Academia Española, la palabra “Pascua” proviene del latín vulgar pascua, este del latín pascha, este del griego π?σχα, y este del hebreo pesah, influenciado por el latinismo pascuum, "lugar de pastos, por alusión a la terminación del ayuno".
Entre varias diversas acepciones refiere a la fiesta solemne de la Resurrección de Cristo, en la Iglesia Católica, que se celebra el domingo siguiente al plenilunio posterior al 20 de marzo, oscilando su fecha exacta entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Esta Pascua “de Flores” o Pascua “Florida” es la que celebramos, la de Resurrección, habiendo otra como la de Pentecostés, o del Espíritu Santo.

Celebración de Pascua, la Resurrección de Jesús

Es entonces la Resurrección de Jesús lo que se celebra, luego de haber sido muerto, crucificado, y a los tres días de haber sido sepultado.

El interés del esoterismo acerca de la Pascua

Empecemos por decir que el esoterismo, como concepto, es tan solo una cualidad, que se puede aplicar a distintas disciplinas (una religión esotérica, una astrología esotérica) pero en absoluto se trata de una escuela en sí misma, una disciplina o una filosofía. La metafísica se trata de una filosofía, no el esoterismo. Cuando mucho, la alquimia es una disciplina esotérica por añadidura.
Bien, ¿de qué trata entonces esta cualidad del esoterismo?. Al esoterismo no le interesa el punto de vista histórico de ningún evento, acerca de su verosimilitud o inverosimilitud, como suceso en sí mismo; tampoco le interesa a priori las especulaciones filosóficas de ninguna especie.
El esoterismo se basa en alegorías y símbolos, toma el contenido parabólico de una historia, e intenta rescatar la verdad intrínseca de esa parábola, como se extrae una moraleja de una fábula. Permítase la digresión al advertir que los fabulistas originales (Esopo, La Fontaine, Iriarte), no escribían moralejas, eran sus editores y comentaristas quienes lo hacían.

El sentido parabólico (esotérico) de la Pascua y la Resurrección

No es muy diferente al el mito griego del Ave Fénix, aquel ser que moría indefinida cantidad de veces para siempre renacer de sus cenizas.

Es decir, siempre, el concepto de resurrección implica transformación.Pero en su libro Psicología y Alquimia, el psicólogo suizo Carl Gustav Jung (tratando el mismo tema) nos advierte que en la resurrección, para que sea, debe haber una transformación, de otro modo, si quien ha vuelto a la vida de la muerte lo hiciera en el mismo estado, se trataría de una recurrencia, no de una resurrección.
Según Maurice Nicoll, en el tomo II de sus Comentarios Psicológicos sobre la Enseñanza de Gurdjieff y Ouspensky, la idea de resurrección, de transformación, siempre implica sacrificio. Jesús se sacrifica en la cruz, para luego resucitar.
Sacrificar, siempre y en todos los casos, significa elegir, abandonar algo, todo lo que se consigue con el desapego.
En otra parte, en otro artículo, hemos dicho que el hombre nº 7, según la clasificación de Georgi Gurdjieff, el hombre íntegramente desarrollado y absolutamente autoconsciente, es el único ser que vive y experimenta cabal y permanentemente el plano vivencial esotérico de la existencia, y es la única clase de ser que puede elegir voluntariamente no solo cuándo y dónde reencarnar, sino también si acaso hacerlo, pudiendo optar por trascender el plano existencial de la Tierra, del planeta, del mundo. Para ello, el hombre nº 7 se “sacrifica” al y del mundo, se despega de él, con todo lo que conlleva, la renuncia a los apetitos humanos, a la belleza del mundo natural y cultural que conocemos, a las ambiciones y pasiones humanas. Es lo que hace Cristo al resucitar, dejar el plano físico de este mundo.
“La Pascua no es algo que tiene lugar una vez al año sino algo que tiene lugar todos los días: la idea de no identificarse, o de morir para algunas reacciones mecánicas características, es una posibilidad cotidiana, y si se lo realiza espiritualmente en una especie de alegría, de resultas de ello la energía se transformará gradualmente y pasará a un nivel más alto que al cabo de un tiempo será una experiencia distinta”, dice Nicoll en su libro.

El huevo de Pascua, la rosca de pascua

El huevo de pascua es el símbolo del sepulcro sellado de Cristo, para ser abierto en la Resurrección. Siempre el huevo es símbolo hermético de la alquimia.
La rosca de Pascua contiene a los huevos, como un nido, aun conservando su forma.
El símbolo esotérico del huevo no es privativo del cristianismo, sino que ya se hallaba en la antigua civilización egipcia; el origen del símbolo de la rosca seguramente es posterior, pagano y enraizado en el Medioevo europeo.

DOMINGO DE PASCUA

EL ESOTERISMO DE LA PASCUA

Las profundas radiaciones espirituales de la época de Pascua producen una aceleración de los impulsos espirituales, incluso en los ignorantes y despreocupados, mientras que los que comprenden algo de su profunda importancia, prestan reverente atención a su íntima contemplación.
Contemplando un calendario, se aprecia una diferencia entre la observancia de la Navidad y la de la Pascua. El festival navideño tiene siempre lugar en una fecha fija, mientras que la Pascua cae, a veces, tan temprana como mediados de marzo y, a veces, tan tardía como mediados de abril. La causa de esta variación estriba en que el Domingo de Pascua ha de caer siempre en el primer domingo tras la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera. Este procedimiento fue establecido por personas que comprendían perfectamente el esoterismo de la estación pascual. La Pascua real tiene lugar en el equinoccio de primavera, cuando el sol pasa de la latitud sur a la latitud norte, y Cristo queda liberado de Su trabajo. Entonces, este Ser radiante penetra en los planos espirituales de la Tierra para trabajar allí con las Jerarquías celestiales y con los miembros de la Humanidad que han sido transportados por la muerte a más amplias esferas de actividad.
Durante esta elevada estación, las fuerzas de Piscis (marzo) y Aries (abril) se funden en una maravillosa combinación de Agua (Piscis) y Fuego (Aries) que detenta, en todos los planos de la existencia, la clave del Matrimonio Místico. Toda la naturaleza conoce el gozo de esta unión. Su magia proporciona un brillo adicional a las flores, una nota más exultante al canto de los pájaros y la promesa de más abundantes frutos. Estos poderosos impulsos de fuego están bajo la supervisión de las Jerarquías de Aries y Leo. Esos impulsos, sin embargo, de demasiada potencia para ser enfocados directamente sobre la Tierra, se encomiendan a la Jerarquía de Sagitario, que los distribuye entre la Humanidad. Las grandes Aguas de Vida de esta mística unión están bajo la guía de la Jerarquía de Cáncer, los Querubines, que entregan esas fuerzas a las Jerarquías de Escorpio y Piscis quienes, a su vez, las dispersan sobre la Tierra.
Era para esta época del equinoccio de primavera para cuando los antiguos, que comprendían estas verdades del mundo interno, establecieron elaborados rituales relativos a la fusión del Fuego y el Agua. Incluso hoy en día, en este mundo moderno que ha perdido la clave de estas verdades sagradas, quedan restos aún de sus fórmulas, de modo que, parte de las celebraciones pascuales de la iglesia, consisten en la fusión del agua sagrada con el nuevo fuego sagrado. En la "apropiada" unión de estas dos fuerzas es donde hay que buscar la clave de la transmutación. La transmutación es la gran labor en la que Cristo y los Seres celestiales de los planos internos, junto con los más avanzados de la oleada de vida humana, tanto dentro como fuera de sus cuerpos, se ocupan, durante el intervalo que conocemos como estaciones de primavera y verano. El trabajo del Templo de Misterios en la Tierra está también conectado con este secreto de la Transmutación. En la próxima Nueva Era, se trabajará con esta Ley de la Transmutación, con el mismo conocimiento con que ahora se trabaja con las leyes que gobiernan la electricidad. 
El mago Mefistófeles actuaba con esta ley cuando transformó al viejo erudito Fausto en un exuberante joven en la cúspide de su floreciente juventud. Fue la comprensión de este secreto mágico de la transmutación lo que San Juan describió en su visión del Nuevo Día, cuando dijo que "las cosas anteriores han muerto". Se refería aquí a la edad, la enfermedad y la muerte que, mediante el poder de la Transmutación, dejan de obstruir la total manifestación del espíritu inmortal del hombre.
Como se ha dicho anteriormente, el Domingo de Pascua sólo se celebra correctamente tras la luna llena que sigue al equinoccio de primavera. La Pascua se celebra en domingo, que es el día del sol, y el sol es el hogar del Cristo Arcangélico.
La proyección sobre la Tierra de los poderosos rayos espirituales del Sol, el domingo, proporciona al hombre mayor impulso vibratorio que cualquier otro día de la semana.
Según los anales de las antiguas Escuelas de Misterios Cristianas, sus más elevadas revelaciones y sus más extáticas visiones las recibieron siempre en domingo.
Las Jerarquías antes referidas, que diseminan este poderoso impulso transmutador sobre la Tierra, lo dirigen hacia el Sol bajo la guía del Espíritu Solar, el Cristo. Esta fuerza, sin embargo, no es lo suficientemente potente como para producir su total efecto sobre la Humanidad, y por eso la luna llena se convierte en canal para su diseminación final. Por esta causa, la Humanidad, en su conjunto, ignora este gran influjo que nosotros conocemos como la celebración de la Marea de Pascual, hasta que la luna llena tiene lugar después del equinoccio de primavera. La gran masa de la Humanidad continúa respondiendo ampliamente a este influjo como a una tendencia instintiva o un deseo de participar en alguna reunión espiritual. Muchos dicen que van a la iglesia sólo una vez al año, y es por Pascua.
Existe también el impulso de vestir nuevos atavíos, como la naturaleza misma, y cubrirse con nuevas telas y tocarse con colores, para tomar parte en cualquier servicio conmemorativo o desfile de modelos. Éste es, en gran parte, el concepto que el mundo moderno tiene de la Pascua. Los Seres Poderosos y únicos, sin embargo, son persistentes e infalibles en Su ministerio al Planeta Tierra y, año tras año, este poderoso impulso espiritual eleva y espiritualiza gradualmente la Tierra y todo lo que en ella vive. La Humanidad comprobará un día que, gracias al proceso de transmutación que tiene lugar en la época de la Marea Pascual, será posible, no sólo vestir un nuevo traje, sino, como San Pablo dice, "quitarse el hombre viejo y ponerse el nuevo". Ésos son el verdadero y alto significado y el propósito de la estación pascual; y cada año, mayor número de seres desinteresados aprenden a hacerse servidores más eficientes de Cristo en Su gran labor, cuando canta Su triunfante canción de Pascua: "Yo soy la resurrección y la vida".

sábado, 16 de abril de 2011

El encuentro de San Francisco de Asís con el sultán Al Kamil

En agosto de 1219, Francisco de Asís desembarcó en Egipto a pocos kilómetros de la desembocadura del Nilo. En la víspera, el ejército cristiano de la quinta cruzada –comandada por el cardenal Pelagio y Juan de Brienne, rey sin trono de Jerusalén- había intentado una vez más, y sin éxito, doblegar la fortaleza mameluca de Damieta, en poder del sultán Al Kamil, hijo y heredero del todopoderoso sultán de El Cairo, Al Adil. 

Se encontró con el escenario de una inmensa tragedia. El campamento cristiano –o lo que quedaba de él- mostraba las huellas de un sin número de calamidades. Primero, una brutal inundación como consecuencia de la irrupción de la estación de las lluvias; luego la peste y el hostigamiento de los mamelucos. Apenas unas horas atrás, en un nuevo y desesperado intento por vencer aquellas murallas, casi cien de los mejores guerreros de la Orden del Temple y del Hospital habían dejado su vida bajo los pendones desafiantes de Al Kamil. 
La noticia de la llegada de Francisco causó una profunda conmoción en el diezmado campamento. La moral de aquellos miles de miserables soldados, aturdidos por la guerra y la peste no podían recibir un bálsamo mejor: Uno de los hombres más santos de la cristiandad, un icono de la paz y la piedad llegaba al centro de la llaga cruel en la que se consumían musulmanes y cristianos. 
Tal era el grado de aquella calamidad, que hasta el duque Leopoldo de Austria –uno de los grandes campeones de la cruzada- hastiado de tanta muerte como no había visto en toda su vida, había decidido regresar a Europa con sus tropas, debilitando aún más al ejercito de Pelagio. 
Pero este otro hombre venido de Asís no traía consigo refuerzos ni víveres para estas tropas hambrientas. Su aspecto tampoco se diferenciaba mucho del de los sorprendidos cruzados que se apretujaban a su alrededor para escuchar al monje más famoso de la cristiandad. 
Francisco no podía comprender esta guerra que ya llevaba más de un siglo y que se devoraba lo mejor de ambas culturas. Permítaseme citar aquí una irónica y sombría reflexión del historiador: “Había venido a oriente creyendo, como otras tantas personas buenas e ingenuas habían creído, antes y después de él, que una misión humanitaria podría conducir a la paz”[2] 
El primer problema se presentó con el legado papal. El cardenal Pelagio sentía una gran preocupación acerca de cómo podría afectar a su autoridad la presencia de un hombre tan virtuoso y respetado. Pero lo que lo dejó estupefacto fue que Francisco le demandara una inmediata autorización para reunirse con Al Kamil. 
Los hombres del sultán tampoco estaban muy seguros de la conveniencia de tal petición, pero la mayoría de los historiadores coincide en que finalmente concluyeron en que un hombre tan sencillo, piadoso y extremadamente sucio –por decisión propia- debía estar completamente loco. 
El cardenal Pelagio, a su vez, quería continuar su guerra lo antes posible, por lo que decidió despacharlo con embajada y bandera blanca a la corte de Al Kamil lo antes posible. El sultán recibió al monje y lo escuchó atentamente; estaba íntimamente convencido –al igual que su huésped- de que la paz era necesaria, convicción esta de la que daría muestras en el futuro. Pero el principal escollo para esa ansiada paz era Jerusalén. 



Al Kamil y Francisco mantuvieron extensas conversaciones. A Francisco le impresionaba que un hombre sabio y refinado como el sultán repudiase, por considerarlo una herejía, al dogma trinitario; mientras que Al Kamil, subyugado por el carisma de su iluminado visitante, lidiaba por tolerar su maloliente suciedad. Cuando las posiciones se tornaron inclaudicables, Francisco propuso al sultán someterse a una ordalía de fuego para demostrar la verdad de Jesucristo. Pero Al Kamil, encantado con su amigo cristiano, se negó a permitir semejante acto de fe, convencido del daño que esto le causaría al monje. Algunos historiadores afirman que la amabilidad del sultán fue la que el Islam impone a sus fieles para con los locos. Otros creen que, a sus ojos, Francisco era una suerte de “derviche” considerado un hombre santo en el mundo musulmán. 
El destino y la trascendencia de estos dos hombres –paradójicamente unidos por sus anhelos de paz en medio de un mundo violento- siguió por senderos muy diferentes. Francisco regresó a Italia, predicó hasta su muerte -acaecida en 1226- y fue elevado a los altares en 1228 para ser venerado entre los grandes santos de Occidente. Solo un año después, en 1229, Al Kamil firmaba el tratado de Jaffa con Federico II, comandante de la sexta cruzada, y reconocía por diez años la soberanía de los francos sobre Jerusalén. Esta acción le valió la condena de todo el Islam por traición. 
El líder egipcio Anwar el-Sadat sufrió –antes de ser asesinado mas de siete siglos después- el escarnio de ser comparado con Al Kamil, cuando selló la paz con Israel. Amin Maalouf en su obra sobre el punto de vista árabe de las cruzadas expresa: “Es cierto que las similitudes son perturbadoras. ¿Cómo dejar de pensar en el presidente Sadat al escuchar a Sibt Ibn al Jawazi denunciando, ante el pueblo de Damasco, la traición del señor de El Cairo, Al-Kamil, que tuvo la osadía de reconocer la soberanía del enemigo en la Ciudad Santa?[3] 



De una forma u otra, la originalidad del encuentro entre el santo y el sultán nos habla de una inmensa ausencia de diálogo entre ambas culturas que se combaten la una a la otra –con diferente suerte- desde que comenzó, hace catorce siglos, la expansión del Islam. Sin embargo, Maalouf coloca en el centro de la disputa al eje del conflicto: La soberanía sobre la Ciudad Santa, el control sobre sus santuarios, particularmente el antiguo emplazamiento del Templo de Jerusalén, que es el símbolo máximo de la alegoría masónica y razón de ser de la Orden de los Caballeros Templarios. 
Paradójicamente, pesa sobre los templarios la sospecha de haber estrechado vínculos con el Islam tan intensos como sus combates. 



Huston Smith- quizá el más grande de todos los especialistas en religiones comparadas del siglo XX- ha dicho: “...De todas las religiones no occidentales, el islamismo es la más próxima a Occidente; más próxima por su ubicación geográfica, pero también por su ideología, ya que desde el punto de vista religioso pertenece a la familia abrahamista, mientras que el filosófico descansa en los griegos... Pero pese a esta proximidad mental y espacial, el islamismo es la religión que más cuesta entenderse en Occidente...”[4] Esta dificultad ha sido admitida por muchos americanos. Hace algunos años –mucho antes que los asesores del Pentágono imaginaran una bienvenida de música y flores para las tropas invasoras de Irak- Meg Greenfield escribía en Newsweek “...Ninguna otra parte del mundo es incomprendida por nosotros de forma tan desesperante, sistemática y tozuda que esa estructura religiosa, cultural, y geográfica conocida como Islam...”[5] 
La misma incomprensión invade al mundo islámico frente al fenómeno que, para ellos, ha representado siempre el Occidente cristiano. La realidad histórica pareciera confirmar la preeminencia de una relación de confrontación con el Islam por sobre una relación de comprensión e intercambio. 
La civilización que se desarrolló en Europa, y que dio nacimiento a lo que llamamos Occidente, ha tenido en la base de su fenómeno histórico al cristianismo triunfante y a una sólida, metódica y permanente vocación expansionista. La francmasonería no sólo ha acompañado ese proceso sino que ha contribuido notoriamente a su construcción. El Islam, por su parte, constituye uno de los procesos expansivos más interesantes de la historia. 



Philip Hitti, en su “Historia de los árabes” escribe: “...Alrededor del nombre de los árabes brilla ese hálito que pertenece a los conquistadores del mundo. No transcurrido un siglo desde que surgieron, se hicieron amos de un imperio que se extendía desde las costas del Atlántico hasta los confines de China, un imperio más grande que el de Roma en su apogeo. En este período de expansión sin precedentes, integraron en su credo, su idioma, y hasta su tipo físico, más seres extraños a ellos que lo que hasta entonces, y desde entonces ha logrado ninguna otra raza, incluidas la helénica, la romana, la anglosajona y la rusa...”[6] 



Cuando Francisco de Asís y Al Kamil se reunieron en Egipto, estas dos culturas, con tiempos y desarrollos diferentes, ya manifestaban similitudes más inquietantes que sus diferencias. Ambas provenían del tronco abrahámico, en ambas existía una revelación excluyente, compartían la inclinación a la guerra y la conquista y ambas, antes y después intentarían expandir sus fronteras y su fe sobre la otra. Y si analizamos la relación de confrontación entre Occidente y el Islam, veremos que el mundo islámico no ha sido sólo el más próximo a Occidente sino su frontera misma, y que esta ha sido hostil durante toda su existencia. 




[2] Runciman, Steven; “Historia de las Cruzadas”, (Madrid, Revista de Occidente, 1957) Vol. II p.156 
[3] Maalouf, Amin; “Les croisades vues par les Arabes” 
[4] Smith, Huston; “Las Religiones del mundo” (España, Thassàlia, 1995) p. 231 y ss. 
[5] Greenfield, Meg; “Newsweek” (26 de marzo de 1979) p. 116